¿Sabía usted?

¿Sabía usted?

Varios cristianos nuevos se embarcaron en el Primer Viaje de Colón. Entre ellos se hallaba el recién bautizado Luis de Torres, natural de Murcia, que sabía hebreo, caldeo y algo de árabe.

Él junto con Rodrigo de Jerez, también cristiano nuevo, iniciaron la exploración de la primera isla que se descubrió, llamada por los naturales Guanahaní. En vista de que Colón creía que había anclado en algún lugar del Océano Índico, Torres se dirigió a los atónitos y desnudos
indígenas, concentrados en la playa, en hebreo”, luego en arameo y finalmente en árabe, lenguas inteligibles en el Lejano Oriente.

Así que las primeras palabras pronunciadas por un hombre blanco en el Cuarto Continente fueron en hebreo.

 Yosef Ben Ha Levy Haivri , (“Joseph hijo de Levy el hebreo”) y avecindado en Moguer, fue el intérprete de Cristóbal Colón en su primer viaje a América y la primera persona de origen judío en establecerse en el Nuevo Mundo.

Además, a bordo de los tres barcos estaban Marco, médico de la expedición, y el apotecario Maestre Bernal, penitenciado en 1490
por judaizante, y quien acompañó a Colón también en el Cuarto y último viaje. En todas las expediciones de Colón estaban presentes uno que otro cristiano nuevo.

Asimismo participaron en la Conquista de México, en la del Perú y en otras, como soldados, escribanos, contadores, oficiales reales, pobladores, mercaderes y otros.

Una notable mayoría fue bautizada en años previos a la expulsión y, por tanto, estaba ya asimilada al modo de vida de los cristianos viejos,
aunque algunos aún recordaban formas e ideas de su religión ancestral.

Sin embargo, todos trataban de borrar su origen hebreo, olvidar sus raíces y fusionarse con la población cristiana vieja, que no tan solo fue incitada a odiarlos sino que se negaba compartir con ellos los beneficios que ofrecía la empresa americana.

En 1501, don Fernando declaró que ninguna persona penitenciada por el Tribunal de la Inquisición, ni sus hijos o nietos podían tener oficio alguno, cargo honroso, recibir grados académicos, pasar a las Indias, adornarse con oro y vestir seda. Aunque el rey jamás aplicó esta pragmática
a sus favoritos.

Siete años más tarde, el Rey Católico secularizó la pragmática y, mediante buenas sumas de dinero, compuso por etapas el estado de los inhábiles. Así que en 1508 cobró, solamente de lo 500 hombres registrados en el Padrón de Conversos de la comarca de Sevilla , veinte mil ducados,
devolviendo a los penitenciados sus bienes confiscados por el Santo Oficio.

En el año siguiente recaudó en el mismo lugar ochenta mil ducados, habilitando a los mismos para toda clase de oficios públicos, excepto los de corregidores y alcaldes con jurisdicción criminal.

Pronto, la composición legalizaba la estancia de los cristianos nuevos que ya vivían en América, y permitía a todos los otros participar en el descubrimiento, colonización, administración y comercio con las tierras de ultramar. De aquí que entre los años 1509 a 1518, los cristianos nuevos participaron activamente en la emergente vida americana.

Sus nombres y ocupaciones aparecen en diversos catálogos de pasajeros, índices geobiográficos y otras listas.

Entre todos ellos se encontraba Juan de Córdoba , platero y notable mercader de perlas que importaba de la isla de Cubagua, situada frente a Venezuela entre 1517 y 1522.

Años más tarde llegó a ser uno de los 24 concejales de Sevilla.

En 1519 le prestó a Hernán Cortés una gran cantidad de dinero que el Capitán empleó en la consumación de la conquista de México-Tenochtitlán.

El préstamo fue negociado por el licenciado Francisco Núñez de Valera, prominente cristiano nuevo de Salamanca, casado con Inés Gómez de Paz, tía paterna del Conquistador, en cuya casa Cortés se hospedaba durante sus años de estudiante. Núñez era su procurador en la Corte y, en 1522, un año después de la conquista de México, envió a sus hijos, encabezados por el mayor, Rodrigo de Paz, con dos cédulas Reales a México-Tenochtitlán.

La una nombraba a Cortés Capitán General y Gobernador de la Nueva España, y la otra ordenaba la expulsión de todos los descendientes de moros y cristianos nuevos del Cuarto Continente. Ambas fueron expedidas en nombre de Carlos 1 de España y V del Sacro Imperio Germano-Romano. Sin embargo, ni Cortés ni nadie de los otros capitanes publicaron esas órdenes para evitar revueltas en sus huestes.

      

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